Era Diciembre, hacía mucho calor, había mucho movimiento esa tarde en el hospital, el árbol de navidad en la entrada era el llamado para los festejos y reuniones familiares, pero eso no aparecía en la vida de Luciano.
Desde que sé, siempre estuve acá, nunca salí, nunca fui al jardín ni al cole. Esta es mi casa, la más grande de la cuadra, y la que recibe muchas visitas por día. Tengo muchos amigos, siempre nos sentamos con nuestros autos y hacemos carreras, ¡Pablo siempre gana! Su auto de carreras es el más nuevo, y cada semana cuando jugamos, tiene uno distinto. Mi auto era rojo, el Rayo Rojo, el mejor de todos – el auto de Luciano padecía la marca del tiempo, la pintura un poco descascarada, las rueditas hacían ruido, pero él se conformaba con poco – Hace años el rayo rojo era el auto más nuevo. Es mi único auto. Tal vez esta semana, me traen uno nuevo.
Muchos de los chicos están por unas semanas, se curan y se van; yo… no sé hasta cuando voy a estar en mi casa. El doctor me dijo que me iba a quedar un tiempo más, yo me siento bien, como toda la comida y tengo todas mis cosas ordenadas, no sé por qué no me deja ir. No sé por qué nadie me viene a buscar ni visitar, no me porté mal ni nada, hasta ayudo a la enfermera a hacer la cama – Luciano no sabía que tiene Leucemia, y que, a pesar del tratamiento, sus posibilidades se reducen día a día –
Las horas iban pasando, la noche se hacía presente, y el personal del hospital se iba preparando para pasar la navidad con sus familias. Los pacientes recibían las últimas visitas de sus seres queridos, algunos incluso brindaban para que a ese familiar hospitalizado se mejorara pronto, para pasar año nuevo en casa. Luciano, Luchi como le decían las enfermeras, seguía esperando visitas. Mis amigos estaban durmiendo, la habitación era grande, oscura y se escuchaban muchos ruidos, se escuchaban pasos y explosiones. Tenía miedo, y sólo mi héroe me protegía, mi rayo rojo, podía con cualquier cosa, incluso con los duendes que pasean por los pasillos de mi casa.
Esta noche voy a enfrentar a los duendes. Tengo todo lo que necesito para vencerlos, mi capa, mi sable y mi héroe.
Mientras mis amigos dormían, yo estaba listo para la batalla. Cuando se escucharon más explosiones, un duende gigante con una bolsa aprovechó para entrar a la habitación y mirar de cerca a mis amigos, “Cuando se me acerque, lo atrapo.” ¡Conté hasta tres, y nada! ¿Dónde está? Se fue y no lo vi. Esto no va a quedar así.
Luchi se levanto sin hacer ruido alguno, se puso sus pantuflitas de tigre y camino sigilosamente, abrió la puerta y ahí lo vio.
¡Ahí está! No se me va a escapar, lo tengo justo donde lo quiero. “Con mis movimientos de ninja, nunca va a darse cuenta del ataque.” Con cada paso que hago, lo tengo más cerca y más cerca de ganar esta pelea.
Se hicieron las doce, medianoche, y con ella, Navidad, un momento esperado por muchos pacientes del hospital.
¡El duende dejó de caminar!
El doctor Fernando se dio vuelta, sabía que Luchi lo estaba siguiendo.
¡Mi enemigo se está dando vuelta! La luz del pasillo revela mi identidad y quedo vulnerable ante su poder.
-Luchi, ¿qué estás haciendo con la sábana? Vamos que te llevo a la habitación.
¡Pude domar al duende!
-Lu, no tenés que andar caminando por el hospital a estas horas, aparte, es Navidad, tenés que descansar.
Escuché ruidos y estaba aburrido, no lo vuelvo a hacer.
-No es para que te pongas mal, aparte te dejé algo que te va a gustar mucho, si querés podemos ir a verlo ahora.
¡Sí!
Ambos caminaron por el pasillo, llegaron a la entrada y vieron al imponente árbol, irradiando felicidad y alegría.
-Acá esta Luchi.
¿Qué es?
-El héroe que te va a defender siempre y para siempre.
El mejor regalo que pudo recibir Luciano, lo que él siempre espero, estaba ahí. La familia que él siempre deseo, finalmente había llegado. Para Luciano, Fernando, era su Rayo Rojo, su Papá Noel.
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