viernes, 29 de abril de 2011

The Walking Dead#

No mires más a tu alrededor, dejá de mirar cómo todo se deteriora, no te pasees más con tu bata celeste y pintitas blancas. Nadie te puede ver. No hay nadie más que vos y el sigiloso ruido de tus pasos. Por más que mires en esa habitación, sólo vas a ver máquinas y una cama revuelta, nada más; estás sola, entendelo.
                Secate las lágrimas que no es momento de llorar, ¿justo ahora vas a bajar los brazos? No tiene sentido, seguí caminando, por más que el lugar este muerto, seguí, busca algo de luz, un fósforo, una linterna, ¡algo! Cuidado con los vidrios, las pocas lámparas que solían guiarte ahora están guiando tu dolor. Seguí tranquila, camina despacio y con cuidado. Procura no gritar ni salir corriendo, evita todas esas cosas estúpidas que seguro se te cruzaron. Si te perdés, no vas a saber volver.
                ¿Qué hacés con la intravenosa? ¿Te la vas a sacar?  ¿Sabés que no es una buena idea, no? Vas a dejar un camino carmín en el piso deteriorado por el vacío y no sabes quién puede estar por acá. Dejatela. Está bien, te resulta molesto, atenete a las consecuencias. Ahora tenés menos tiempo, ¿lo sabés, no? Ah, ¿no sabías? Dejate de vueltas. Sí, mil vueltas estás dando, ya pasaste por este lugar dos veces, ¿no ves tu sangre en el piso? Es tu sangre, no es de nadie más, ¿de quién más puede ser, si estás sola?
                Volvé a tu habitación, sí, volvé, por lo menos ahí estabas “más segura”. ¿Te acordás el camino? Sí, por ahí. Apurate un poco y busca algo de algodón o algo, si seguís así no vas a poder contar el cuento. Recostate unos segundos mientras detenes el curso de tu ser. ¿Qué pensás hacer? No tenés opciones, decidite ahora. Los minutos están pasando y vos estás llorando, ¡llorando! Dejate de boludeces, ponete seria y pensa qué vas a hacer ahora.
                Hasta que te decidiste, ahora tenés que pensar cómo vas a hacerlo. Andá a la otra habitación o al quirófano, seguro vas a encontrar todo ahí. Busca alcohol. Sí, alcohol, ¿Querés una infección también? Le daría un poco de sabor, pero no, busca las cosas que necesitas y volvé rápido. Ya tenés todo. ¿Estás segura, no? Bueno, tomate unos segundos para pensar. Listo. No hay mucho para pensar, sino no hubieras buscado todo.
                En el mueblecito de la esquina hay una carta, agarrala, leela. Secate las lágrimas. Ahora por lo menos reís, de a poco vas cambiando. Guardatela, si alguien te busca, te va a encontrar con eso, con un poco de color. Abrí el alcohol. Agarrá el algodón.  Sentí ahora la brisa fresca. Limpiate la cara, estás transpirando. Es normal que estés nerviosa, no es algo que harías todos los días. No tiembles más. No hay vuelta atrás, y si la hay, nadie está a tu lado para acompañarte o defenderte, no te hagas ilusiones que al juego ya lo perdiste. Recostate. Acomodate el pelo asi estas más cómoda. Mira a tu alrededor, la pintura se cae, es todo gris, no hay color, solo aquel rastro que dejaste mientras recorrías el abandonado hospital. No hay nada más.
                Contá hasta diez. Contá tranquila. Despacio. No te apures. Nadie te apura. Nadie te ve. Nadie te sigue. Nadie te atormenta. Nadie. Mira todo otra vez. No hay sombras. No hay luces. Estás vos, tu mente, tus miedos, tus recuerdos, tus fuerzas, tus lágrimas que ahora caen. Sonreí. Recordá tu pasado y sonreí. Mirá lo que te espera. Sonreí.
                Es hora. Ya dijiste diez. Agarralo con confianza. Llorá. Gritá. No te muevas. Sacate todo lo que te molestó alguna vez, ahora es el momento. Dale vida a ese lugar. Teñilo de mil colores. No te muevas mucho. Sentate si querés. Dejá que tu vida fluya. Dejá que tus problemas salgan. Llora. Diluí al carmín con tus lágrimas. Sentí otra brisa más fuerte, dejá el bisturí a tu lado, píntate de vida y corré hacia aquel lugar que no conoces. Despedite. Tené cuidado al caer.#
                 

viernes, 15 de abril de 2011

Gorrión#

Sentada en la ventana, Briana miraba las aves pasar,le preguntó a su madre por qué los pájaros volaban.

Ailén le respondió que volando libremente ellos son felices.
Al día siguiente, Briana juntó cientos de plumas y cada día que pasaba, juntaba más y más,
mientras más coloridas, mejor.
Ella está preparada#.

viernes, 8 de abril de 2011

The Killing Lights#

Los primeros rayos del sol se hacían presentes en la habitación de esta pareja, casada hace unos cuantos años ya.
 Ezequiel se levantó con un movimiento torpe para correr las cortinas en su totalidad; mientras tanto, Abril se desperezaba y miraba las noticias para mantenerse al tanto.
-“¡Qué lindo día que me tocó!” acotaba Ezequiel con una leve mueca.
Al oír eso, Abril se despertó de un salto, agarró su celular y lo miro a Ezequiel. Ambos se miraron y no dijeron nada.
Ella bajó a la cocina, preparó el desayuno, un tanto veloz preparó el café y las tostadas, dejó toda la cocina revuelta y fue a vestirse.
Él mientras tanto, guardaba en un pequeño bolso algunas prendas que creía necesarias, una remera, un jean, un pañuelo y un libro por las dudas. Fue corriendo hacia el baño a afeitarse.
Abril ahora buscaba unos papeles.
Ezequiel agarró el celular nuevamente, sus ojos parecían caer, no parpadeaba, se quedó inmóvil. Abril pega un grito, él reacciona y ambos salen de la casa.
Arrancó el auto, Abril subió e iniciaron su viaje.
-¿Estás nervioso, no?
-Un poco, no sé qué es lo que puede llegar a pasar.
-Quedate tranquilo, estás en buenas manos.
Estaban llegando tarde y la autopista era un caos.
-Menos mal que tomé las pastillas antes de salir.
Ella lo miró y no respondió más.
Llegaron a su destino, bajaron, Ezequiel se fue a cambiar y poner una bata celeste, Abril esperaba en el pasillo.
-Te veo cuando salga.
-No estés nervioso que todo va a salir bien.
-No sé, no estoy muy seguro, siento un malestar leve.
-Cuando salgas, no vas a sentir nada.
Abril se va. Ezequiel también.
Él se recostó en la mesa de operaciones, miró las luces que lo apuntaban, cerró los ojos y esperó.
Unas personas con guantes comenzaron el procedimiento.
Golpearon levemente su brazo, buscaron sus venas y le aplicaron la anestesia. Le colocaron una intravenosa y lo conectaron a un respirador. Sus signos vitales eran normales, pero mientras la anestesia surgía efecto, el monitor decía lo contrario.
El equipo que lo rodeaba guardo silencio cuando la hoja del bisturí rozó su pecho y poco a poco dividía su ser. El bisturí se tiñó de rojo, los guantes blancos y la camilla también cambiaron su color.
Uno de los cirujanos miró a su colega, su cara poco a poco se desfiguró, su expresión cambió por completo.
La instrumentadora seguía las órdenes, miraba desconcertada y sus movimientos eran dudosos.
El respirador seguía funcionando, la sangre seguía fluyendo, la anestesia seguía bloqueando la posible reacción del paciente ante el dolor.
Piezas metálicas se colocaban cerca de su corazón, y al sonido de “despejen” se escuchaba una respuesta en la mesa.
En ese momento se escuchó la caída de varios tubos de ensayo y con ellos un grito.
Abril esperaba.
La piel de Ezequiel cambiaba de color a medida que los segundos pasaban.
El equipo médico trabajaba con más velocidad.
Comenzaron a suturar.
Puntada a puntada, la sangre dejaba de marcar un camino por el cuerpo de Ezequiel; puntada a puntada, la anestesia perdía efecto.
Sus músculos se veían más tensos a medida que el procedimiento terminaba.
Una gota de sudor recorría el rostro del cirujano.
Dejaron los instrumentos que utilizaron y todos se miraron.
Las luces seguían señalando a Ezequiel, quien yacía en la camilla metálica.
Un ruido que provenía del monitor alarmó a los médicos, todos se movilizaron.
Ezequiel abrió los ojos, las luces lo cegaron, lo apuntaron, lo acosaron en ese instante de confusión.
Abril gritó.
Todo se nubló.
Abril se fue. Ezequiel la acompañó.
Unas gotas caían del rostro de unas personas mayores, una mujer en el piso se tapaba la cara,  un grito de desconsuelo rompió con la paz del momento.
Esa mañana en las noticias, un accidente en la autopista terminaba con la vida de una joven pareja.#

miércoles, 6 de abril de 2011

Der Frühling Blutet in Meinen Balkon#

No era un atardecer como cualquier otro, tampoco era usual encontrarme a las 18.30 sentada en el balcón mirando con desprecio a la gente que pasaba. Tampoco había sido un día lleno de alegrías y buenas noticias, al menos el balcón me ofrecía una peculiar vista de lo que pasaba a mi alrededor.
Me resultaba bastante perturbador el clima que se percibía, se escuchaban gritos, ruido de vasos que colapsaban en las paredes, una lluvia de cristales. Estaba un poco harta de lo que pasaba, me sentía sofocada por el calor, no se podía respirar, el ambiente estaba pesado, no se podía aguantar, era vivir un encierro, era un infierno, las penumbras de un día de invierno, colapsaba la armonía a mi alrededor. Siempre odie las altas temperaturas.
Los ruidos seguían, los minutos pasaban y me sentía impaciente. Esperaba algo con ansias. Puse un poco de música, tal vez no era el mejor momento para escucharla, pero al menos era una forma de calmarme, me sentía un poco insignificante, sentía un poco de odio hacia todos, me repugnaban sus miradas de curiosos, las risas burlonas me aturdían, sólo subí la música, no quería escuchar a nada ni nadie, sólo eran mis pensamientos y yo.
Una melodía macabra anticipaba la llegada de una llamada, por suerte cuando miré para saber dónde estaba el celular, la música dejó de atormentar mi tranquilidad. No era alguien de importancia, es más, siempre me había incomodado esa persona, no entiendo porque le hablaba, mucho menos como pudimos llegar a ser amigos, ¿Cómo pude usar esa insignificante palabra en alguien tan despreciable?
Mi cámara era mi único acompañante, era mi mano derecha a la hora de llevar un registro de todo lo que pasaba, era un aliado que nunca iba a traicionarme, mucho menos clavarme un puñal, era alguien de fiar.
 El atardecer se hacía presente y su color carmín se apoderaba de mi vista, era imposible dejar de verlo, “es un lindo día”, pensé con ironía. Las 18.45 no me iban a cambiar en nada, sólo me perturbaban más y más los ruidos. 
A medida que los segundos transcurrían, las risas falsas de quienes habían estado a mi lado por varios años se hacían presentes, esas risas que sólo buscaban el bien propio, a fin de cuentas, todos usamos esas risas para escalar como víboras y mirar a los pobres estúpidos que se pasan toda su vida creyendo que son amigos de todos, querer absorber cual parásito la vitalidad de otra persona para sentirse excesivamente poderoso, para sentirse más que alguien, cada vez más primitivos y básicos somos.
Hoy me había cansado de todos, incluso de esas personas que jamás en la vida me iba a cruzar, pero que por alguna extraña razón estaban en mis redes sociales, “¿Para qué?”. Cuánto tiempo perdido. “Que ingenua que resulte ser”, habiendo odiado ese tipo de personalidad, tuve que admitir que fui débil.
Falta poco para las 19, los últimos rayos de luz se escabullen entre los árboles, el color rojo aumenta su intensidad mientras que un manto negro se despliega mientras cae la noche.
Eran las 18. 30, el sol se ocultaba, pequeñas gotas de luz pasaban a través de los arboles, no era un día cualquiera, estaba un poco fresco, y buscaba desesperadamente esconderme de una brisa helada que atravesaba el balcón.
Los minutos pasaban lentamente esta vez, y yo ahí sentada, mirando la gente pasar, caras nuevas y viejas caras conocidas. El poco sol que había a esa hora entibiaba el balcón, para mis gerberas, rojas como el atardecer, era lo mejor que podía pasar, amaban ese clima tanto como yo.
Puse música para no sentirme tan sola, después de pelarme con un amigo, lo único que necesitaba era descontracturar el día. Para mi sorpresa una melodía que no iba al compás de la música, sonaba. Tristemente dejó de hacerse notar cuando recordé donde estaba el celular. Tal vez era algo importante, pero preferí dejarlo pasar y mirar el atardecer, después de todo, quería sacar algunas fotos.
Hoy es un lindo día, las 18.45 me trajeron lindos mensajes, a medida que subía fotos del atardecer, palabras de amor llegaban a mis redes sociales. Esas palabras que uno necesita en un momento determinado y que sin pensarlo alguien me las dedicaba. Él me escribía las palabras que siempre quise escuchar, y que, ese día en particular, necesitaba.
Mientras más fotos sacaba, más comentarios al respecto recibía. Era un sinfín de palabras que poco a poco aturdían ese atardecer carmesí. Cientos de palabras leí en ese momento, pero sólo me quedé con las mejores, “Me duele tenerte lejos, y cuando por fin te tengo cerca, en mis brazos, sólo quiero que el momento dure para siempre, no quiero otra cosa. Lo único que me importa es que seas tan feliz como lo soy yo a tu lado, sacrificaría toda mi felicidad para que estés bien. Te amo demasiado”
Las palabras que él me dedico, se hicieron sentir, como una primavera en el balcón. Poco a poco las 19 se hacían notar, sólo un haz de luz se encontraba frente a mis ojos, era un mano a mano con esa pequeñez que imponiendo su presencia me debilitaba cada vez más.
Los ruidos se hicieron presentes, cegaban cada vez más aquella tranquilidad que poco a poco fui dejando atrás. Faltaban pocos minutos ya.
Un aire viciado sacudía a mis plantas, una presencia intoxicante que acababa con aquel equilibrio que alguna vez hubo en mi ser. En ese momento supe que nunca estuvo bien, algo pasaba y la situación no tenía solución, no había marcha atrás, los segundos seguían corriendo, un flash parpadeaba mientras perdía aquella noción de poder que alguna vez hubo en ese balcón.
Una melodía acompaño ese instante en el que no tuve el control de lo que pasaba, una voz rasposa, áspera, grave, profunda, en un idioma que ni se asemeja al mío, y que por alguna extraña razón, estaba involucrado en algo siniestro.

Los pensamientos se descarrilaron cuando el reloj anunció las 19. Fue una batalla perdida. Nadie salió ganando. Nunca había entendido ese desacuerdo, jamás me puse a pensar en las consecuencias, no hice más que subir las últimas fotos del atardecer, dejé la cámara a un lado, encendida aún, el último destello de luz hizo bien su trabajo.
Una brisa invernal poco a poco se apoderaba de todo lo que alguna vez me gustó, de todo lo que odié, de lo que siempre amé. Al fin la primavera se despedía, por primera vez me sentí a gusto. Aquel ruido que perturbó mis días se detuvo, el sueño que siempre anhelé se estaba por cumplir. Lentamente el frío recorrió mi cuerpo y cuando el balcón se tiñe de atardecer dejando un sabor amargo y un rastro de desolación inconfundible ese rayo de luz cae a mi lado, impregnado de vida y con él, los segundos se detienen al compás de aquella melodía y la última foto, Der Frühling blutet in meinen balkon. La primavera se desangró en mi balcón#.