viernes, 8 de abril de 2011

The Killing Lights#

Los primeros rayos del sol se hacían presentes en la habitación de esta pareja, casada hace unos cuantos años ya.
 Ezequiel se levantó con un movimiento torpe para correr las cortinas en su totalidad; mientras tanto, Abril se desperezaba y miraba las noticias para mantenerse al tanto.
-“¡Qué lindo día que me tocó!” acotaba Ezequiel con una leve mueca.
Al oír eso, Abril se despertó de un salto, agarró su celular y lo miro a Ezequiel. Ambos se miraron y no dijeron nada.
Ella bajó a la cocina, preparó el desayuno, un tanto veloz preparó el café y las tostadas, dejó toda la cocina revuelta y fue a vestirse.
Él mientras tanto, guardaba en un pequeño bolso algunas prendas que creía necesarias, una remera, un jean, un pañuelo y un libro por las dudas. Fue corriendo hacia el baño a afeitarse.
Abril ahora buscaba unos papeles.
Ezequiel agarró el celular nuevamente, sus ojos parecían caer, no parpadeaba, se quedó inmóvil. Abril pega un grito, él reacciona y ambos salen de la casa.
Arrancó el auto, Abril subió e iniciaron su viaje.
-¿Estás nervioso, no?
-Un poco, no sé qué es lo que puede llegar a pasar.
-Quedate tranquilo, estás en buenas manos.
Estaban llegando tarde y la autopista era un caos.
-Menos mal que tomé las pastillas antes de salir.
Ella lo miró y no respondió más.
Llegaron a su destino, bajaron, Ezequiel se fue a cambiar y poner una bata celeste, Abril esperaba en el pasillo.
-Te veo cuando salga.
-No estés nervioso que todo va a salir bien.
-No sé, no estoy muy seguro, siento un malestar leve.
-Cuando salgas, no vas a sentir nada.
Abril se va. Ezequiel también.
Él se recostó en la mesa de operaciones, miró las luces que lo apuntaban, cerró los ojos y esperó.
Unas personas con guantes comenzaron el procedimiento.
Golpearon levemente su brazo, buscaron sus venas y le aplicaron la anestesia. Le colocaron una intravenosa y lo conectaron a un respirador. Sus signos vitales eran normales, pero mientras la anestesia surgía efecto, el monitor decía lo contrario.
El equipo que lo rodeaba guardo silencio cuando la hoja del bisturí rozó su pecho y poco a poco dividía su ser. El bisturí se tiñó de rojo, los guantes blancos y la camilla también cambiaron su color.
Uno de los cirujanos miró a su colega, su cara poco a poco se desfiguró, su expresión cambió por completo.
La instrumentadora seguía las órdenes, miraba desconcertada y sus movimientos eran dudosos.
El respirador seguía funcionando, la sangre seguía fluyendo, la anestesia seguía bloqueando la posible reacción del paciente ante el dolor.
Piezas metálicas se colocaban cerca de su corazón, y al sonido de “despejen” se escuchaba una respuesta en la mesa.
En ese momento se escuchó la caída de varios tubos de ensayo y con ellos un grito.
Abril esperaba.
La piel de Ezequiel cambiaba de color a medida que los segundos pasaban.
El equipo médico trabajaba con más velocidad.
Comenzaron a suturar.
Puntada a puntada, la sangre dejaba de marcar un camino por el cuerpo de Ezequiel; puntada a puntada, la anestesia perdía efecto.
Sus músculos se veían más tensos a medida que el procedimiento terminaba.
Una gota de sudor recorría el rostro del cirujano.
Dejaron los instrumentos que utilizaron y todos se miraron.
Las luces seguían señalando a Ezequiel, quien yacía en la camilla metálica.
Un ruido que provenía del monitor alarmó a los médicos, todos se movilizaron.
Ezequiel abrió los ojos, las luces lo cegaron, lo apuntaron, lo acosaron en ese instante de confusión.
Abril gritó.
Todo se nubló.
Abril se fue. Ezequiel la acompañó.
Unas gotas caían del rostro de unas personas mayores, una mujer en el piso se tapaba la cara,  un grito de desconsuelo rompió con la paz del momento.
Esa mañana en las noticias, un accidente en la autopista terminaba con la vida de una joven pareja.#

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