No era un atardecer como cualquier otro, tampoco era usual encontrarme a las 18.30 sentada en el balcón mirando con desprecio a la gente que pasaba. Tampoco había sido un día lleno de alegrías y buenas noticias, al menos el balcón me ofrecía una peculiar vista de lo que pasaba a mi alrededor.
Me resultaba bastante perturbador el clima que se percibía, se escuchaban gritos, ruido de vasos que colapsaban en las paredes, una lluvia de cristales. Estaba un poco harta de lo que pasaba, me sentía sofocada por el calor, no se podía respirar, el ambiente estaba pesado, no se podía aguantar, era vivir un encierro, era un infierno, las penumbras de un día de invierno, colapsaba la armonía a mi alrededor. Siempre odie las altas temperaturas.
Los ruidos seguían, los minutos pasaban y me sentía impaciente. Esperaba algo con ansias. Puse un poco de música, tal vez no era el mejor momento para escucharla, pero al menos era una forma de calmarme, me sentía un poco insignificante, sentía un poco de odio hacia todos, me repugnaban sus miradas de curiosos, las risas burlonas me aturdían, sólo subí la música, no quería escuchar a nada ni nadie, sólo eran mis pensamientos y yo.
Una melodía macabra anticipaba la llegada de una llamada, por suerte cuando miré para saber dónde estaba el celular, la música dejó de atormentar mi tranquilidad. No era alguien de importancia, es más, siempre me había incomodado esa persona, no entiendo porque le hablaba, mucho menos como pudimos llegar a ser amigos, ¿Cómo pude usar esa insignificante palabra en alguien tan despreciable?
Mi cámara era mi único acompañante, era mi mano derecha a la hora de llevar un registro de todo lo que pasaba, era un aliado que nunca iba a traicionarme, mucho menos clavarme un puñal, era alguien de fiar.
El atardecer se hacía presente y su color carmín se apoderaba de mi vista, era imposible dejar de verlo, “es un lindo día”, pensé con ironía. Las 18.45 no me iban a cambiar en nada, sólo me perturbaban más y más los ruidos.
A medida que los segundos transcurrían, las risas falsas de quienes habían estado a mi lado por varios años se hacían presentes, esas risas que sólo buscaban el bien propio, a fin de cuentas, todos usamos esas risas para escalar como víboras y mirar a los pobres estúpidos que se pasan toda su vida creyendo que son amigos de todos, querer absorber cual parásito la vitalidad de otra persona para sentirse excesivamente poderoso, para sentirse más que alguien, cada vez más primitivos y básicos somos.Hoy me había cansado de todos, incluso de esas personas que jamás en la vida me iba a cruzar, pero que por alguna extraña razón estaban en mis redes sociales, “¿Para qué?”. Cuánto tiempo perdido. “Que ingenua que resulte ser”, habiendo odiado ese tipo de personalidad, tuve que admitir que fui débil.
Falta poco para las 19, los últimos rayos de luz se escabullen entre los árboles, el color rojo aumenta su intensidad mientras que un manto negro se despliega mientras cae la noche.
Eran las 18. 30, el sol se ocultaba, pequeñas gotas de luz pasaban a través de los arboles, no era un día cualquiera, estaba un poco fresco, y buscaba desesperadamente esconderme de una brisa helada que atravesaba el balcón.
Los minutos pasaban lentamente esta vez, y yo ahí sentada, mirando la gente pasar, caras nuevas y viejas caras conocidas. El poco sol que había a esa hora entibiaba el balcón, para mis gerberas, rojas como el atardecer, era lo mejor que podía pasar, amaban ese clima tanto como yo.
Puse música para no sentirme tan sola, después de pelarme con un amigo, lo único que necesitaba era descontracturar el día. Para mi sorpresa una melodía que no iba al compás de la música, sonaba. Tristemente dejó de hacerse notar cuando recordé donde estaba el celular. Tal vez era algo importante, pero preferí dejarlo pasar y mirar el atardecer, después de todo, quería sacar algunas fotos.
Hoy es un lindo día, las 18.45 me trajeron lindos mensajes, a medida que subía fotos del atardecer, palabras de amor llegaban a mis redes sociales. Esas palabras que uno necesita en un momento determinado y que sin pensarlo alguien me las dedicaba. Él me escribía las palabras que siempre quise escuchar, y que, ese día en particular, necesitaba.
Mientras más fotos sacaba, más comentarios al respecto recibía. Era un sinfín de palabras que poco a poco aturdían ese atardecer carmesí. Cientos de palabras leí en ese momento, pero sólo me quedé con las mejores, “Me duele tenerte lejos, y cuando por fin te tengo cerca, en mis brazos, sólo quiero que el momento dure para siempre, no quiero otra cosa. Lo único que me importa es que seas tan feliz como lo soy yo a tu lado, sacrificaría toda mi felicidad para que estés bien. Te amo demasiado”
Las palabras que él me dedico, se hicieron sentir, como una primavera en el balcón. Poco a poco las 19 se hacían notar, sólo un haz de luz se encontraba frente a mis ojos, era un mano a mano con esa pequeñez que imponiendo su presencia me debilitaba cada vez más.
Los ruidos se hicieron presentes, cegaban cada vez más aquella tranquilidad que poco a poco fui dejando atrás. Faltaban pocos minutos ya.
Un aire viciado sacudía a mis plantas, una presencia intoxicante que acababa con aquel equilibrio que alguna vez hubo en mi ser. En ese momento supe que nunca estuvo bien, algo pasaba y la situación no tenía solución, no había marcha atrás, los segundos seguían corriendo, un flash parpadeaba mientras perdía aquella noción de poder que alguna vez hubo en ese balcón.
Una melodía acompaño ese instante en el que no tuve el control de lo que pasaba, una voz rasposa, áspera, grave, profunda, en un idioma que ni se asemeja al mío, y que por alguna extraña razón, estaba involucrado en algo siniestro.
Los pensamientos se descarrilaron cuando el reloj anunció las 19. Fue una batalla perdida. Nadie salió ganando. Nunca había entendido ese desacuerdo, jamás me puse a pensar en las consecuencias, no hice más que subir las últimas fotos del atardecer, dejé la cámara a un lado, encendida aún, el último destello de luz hizo bien su trabajo.
Una brisa invernal poco a poco se apoderaba de todo lo que alguna vez me gustó, de todo lo que odié, de lo que siempre amé. Al fin la primavera se despedía, por primera vez me sentí a gusto. Aquel ruido que perturbó mis días se detuvo, el sueño que siempre anhelé se estaba por cumplir. Lentamente el frío recorrió mi cuerpo y cuando el balcón se tiñe de atardecer dejando un sabor amargo y un rastro de desolación inconfundible ese rayo de luz cae a mi lado, impregnado de vida y con él, los segundos se detienen al compás de aquella melodía y la última foto, Der Frühling blutet in meinen balkon. La primavera se desangró en mi balcón#.
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